¿Soy el malo por haber dejado que una relación con una chica obsesionada con el yaoi fracasara de una forma tan desastrosa?



Hola a todos.

Usé una cuenta desechable porque algunos de mis amigos usan esta plataforma. Necesito un juicio honesto porque, aunque estoy bastante seguro de mi decisión, la forma en que reaccionaron dos de mis mejores amigos cuando se los conté me tiene pensando.

Yo (vamos a decir que tengo 24 años y que me llamo Elian) y mi ahora exnovia, digamos que se llama Estefani, tiene (23), estuvimos juntos por casi dos años. Para ser sincero, el primer año de nuestra relación fue increíble. Teníamos buena química, nos reíamos mucho y sentía que éramos un gran equipo. Ella siempre fue muy metida en la cultura del anime y el manga, algo que yo respetaba. Su género predilecto, y aquí empieza el meollo del asunto, era el Yaoi o "Boys' Love" (BL).

Al principio, no le di mayor importancia. Era su pasatiempo, su gusto, y cada quien con lo suyo. El problema fue que no se conformaba con que fuera solo su gusto. Constantemente me insistía en que viera o leyera alguna de sus series. Me pasaba enlaces, me ponía fragmentos en su teléfono y me decía cosas como "Ándale, mira, solo este capítulo, te va a gustar". Yo siempre me negué. No es por prejuicio, simplemente no es un género que me llame la atención y se lo dejé claro desde el principio. Le expliqué amablemente que no me interesaba, pero que la respetaba. Ella parecía tomarlo como un reto personal.

La situación pasó de ser una insistencia molesta a un problema real cuando conocí a uno de sus amigos, Luis (24). Luis es un buen tipo, amigable y tranquilo. El conflicto jamás fue con él, sino con la dinámica que Estefani creó en su cabeza en el momento en que nos vio juntos, algo que marcaría un antes y un después en nuestra relación.

Verán, yo soy un tipo alto, mido alrededor de 1.88 m. Luis, por otro lado, es de estatura baja, quizás 1.65 m. Desde el primer día que salimos los tres juntos, Estefani nos miró con unos ojos extraños y soltó el primer comentario: "Oigan, ustedes dos se verían superlindos como pareja de manga".

Tanto Luis como yo nos quedamos callados, solo intercambiamos una mirada de "¿acaba de decir eso?". Fue increíblemente incómodo. Más tarde, cuando estábamos solos, le dije a Estefani que su comentario me había hecho sentir raro. Ella simplemente se rio y me dijo que no fuera tan sensible, que era una "broma de frikis" y que era un cumplido porque, según ella, encajábamos perfectamente en los arquetipos de "seme" (el activo/alto) y "uke" (el pasivo/bajo).

Pensé que sería cosa de una vez, pero me equivoqué. Esa fue la primera piedra de una avalancha. A partir de ese día, su comportamiento se volvió una constante. Ya no éramos su novio y su amigo, éramos los protagonistas de su fantasía personal. Y eso, fue solo el comienzo de por qué nuestra relación empezó a desmoronarse.

Los comentarios sobre Luis y yo como pareja de manga se volvieron el pan de cada día. Dejó de ser una "broma". Si salíamos los tres, Estefani narraba nuestras interacciones como si estuviera leyendo un guion.

—Luis, se te cayó la servilleta —le decía yo, pasándosela.

—Awww, qué atento es mi seme, siempre cuidando de su uke —respondía Estefani con una sonrisita.

Luis se ponía rojo de la incomodidad. Yo apretaba la mandíbula. Llegó un punto en que hablé con Luis en privado.

—Oye, sé que esto es súper raro, pero la actitud de Estefani… te pido una disculpa. No sé qué le pasa.

—Tranquilo, Elian. No es tu culpa —me dijo—. Pero si te soy honesto, es muy incómodo. Siento que me analiza todo el tiempo. Prefiero que salgamos tú y yo solos o ella y yo solos, pero los tres juntos se ha vuelto… extraño.

Tenía razón. La fantasía de Estefani estaba arruinando una amistad. Pero el verdadero problema estaba por explotar, y ya no involucraba a Luis. La obsesión se mudó de la calle a nuestra casa. A nuestra habitación.

Una noche, estábamos viendo una película y de la nada, pausó la tele.

—Amor —dijo con un tono de voz que yo no le conocía, una mezcla de timidez y emoción—. Estuve pensando… en nosotros. En la intimidad.

—Ok… —respondí con cautela—. ¿Qué pensabas?

—He estado leyendo un manga nuevo increíble. Y hay una dinámica que… uf, me prende muchísimo. Y creo que podríamos intentarla.

—¿A qué te refieres con "dinámica"? —pregunté, ya con un mal presentimiento.

Ella se acercó más y bajó la voz.

—Bueno, en la historia, el personaje que sería como tú… es muy fuerte, muy masculino. Pero el otro personaje logra someterlo. Lo domina, lo… humilla un poco. Lo obliga a hacer cosas, lo hace sentir vulnerable. Y esa tensión, ese juego de poder… me parece increíblemente sexy. Quisiera que intentáramos eso.

Me quedé mirándola, procesando lo que acababa de decir.

—¿Quieres… humillarme? ¿A eso te refieres? —pregunté, sin poder ocultar mi confusión y mi disgusto.

—¡No, no dicho así! —se defendió rápidamente—. Es un juego de rol, Elian. Yo tomaría el control total. Tú tendrías que actuar como si no quisieras, como si estuvieras forzado, y yo te dominaría. Sería nuestro secreto, nuestro juego.

La miré y negué con la cabeza.

—Estefani, no. De ninguna manera. Eso no me atrae en lo más mínimo. Al contrario, me parece horrible. Una cosa son tus fantasías, tus mangas, y otra muy diferente es que quieras que yo actúe como un personaje para cumplir un fetiche tuyo. No soy él. Soy tu novio.

Su cara se transformó. La emoción se fue y apareció la decepción, casi el enojo.

—¿Pero por qué no? ¿No confías en mí? Es solo un juego. Si de verdad me quisieras, si de verdad te sintieras atraído por mí, estarías dispuesto a probar cosas nuevas para los dos. Es algo que me excita muchísimo y quiero compartirlo contigo.

Y ese fue su argumento durante las siguientes semanas. No fue una conversación de una noche. Fue una campaña de insistencia. Lo sacaba a colación en los momentos más inoportunos. Me decía que yo era un cerrado de mente, que no la deseaba lo suficiente como para cumplirle una fantasía.

Aquí es donde mi conflicto se hizo gigante. Porque, lo juro, quitando esta obsesión que cada día era más grande, Estefani era una novia espectacular. Era detallista, me apoyaba en mi trabajo, me cuidaba si estaba enfermo, nos reíamos por horas. Era inteligente y divertida. ¿De verdad iba a terminar la relación por un fetiche retorcido? ¿Era yo el malo por no querer ceder?

Empecé a dudar de mí mismo. "Quizás solo es un juego", me decía. "Quizás si lo hago una vez, ella se sacará la espinita y todo volverá a la normalidad". La presión era constante, y yo la quería. No quería perder todo lo bueno por esto.

Así que, una noche, después de otra de sus súplicas, suspiré y me rendí.

—Está bien —le dije, con un nudo en el estómago—. Lo haremos. Una vez. Pero quiero que sepas que no me siento cómodo. Y si en cualquier momento te digo que pares, paramos al instante. ¿Entendido?

Su rostro se iluminó de una forma que me heló la sangre.

—¡Sí! ¡Sí, claro! ¡Lo que tú digas! —dijo, abrazándome con fuerza—. ¡Gracias, mi amor! ¡Vas a ver que será increíble! ¡No te arrepentirás!

Pero yo, en el fondo, ya me estaba arrepintiendo. Acepté ir en contra de mi propio instinto pensando que sería la solución. Qué equivocado estaba. Ese fue, sin duda, uno de los peores errores que cometí en toda la relación.

La noche en que acepté fue, sin lugar a dudas, una de las más raras y humillantes de mi vida. No voy a entrar en detalles gráficos, pero para que se hagan una idea, todo giró en torno al control. Ella quería que yo fuera el personaje sumiso de sus historias. Me amarró las manos a la espalda con una de sus bufandas de seda. No me lastimó, no hubo un solo golpe ni nada que dejara una marca física. El daño no era para el cuerpo.

Era psicológico. Me hizo suplicar. Me obligaba a decir frases que leía en sus mangas, cosas que ningún hombre en su sano juicio diría. Cada vez que yo intentaba reírme por lo absurdo de la situación, ella se ponía seria y me decía: "No te rías. Tu personaje no se reiría. Él está roto, está a mi merced". El ritmo lo llevaba ella por completo. Yo solo era un muñeco en su teatro. Cuando todo terminó, me sentí raro y extraño. Ella, en cambio, estaba eufórica, como si hubiera sido la mejor experiencia de su vida. Solo recé para que, habiendo cumplido su fantasía, todo volviera a la normalidad.

Pero no fue así. Para ella, el juego no había terminado. Los días siguientes, empezó a tratarme como un objeto de su propiedad. Me tocaba de formas extrañas, posesivas. Si estábamos en el sofá, de repente me agarraba la cara y me miraba fijamente sin decir nada. Me susurraba al oído frases de sus mangas. Y lo peor, empezó a llevarlo al terreno público.

Un día decidí que necesitaba un respiro de la situación con Luis, así que organicé una cena con otros dos amigos míos, Carla y Alberto, y por supuesto, invité a Estefani. Quería una noche normal, con gente que no estuviera contaminada por sus fantasías de "seme y uke". Fuimos a un restaurante que nos gustaba, nos sentamos en una mesa para cuatro. Carla y Alberto quedaron frente a nosotros, mientras que Estefani y yo estábamos sentados en una banca que daba contra la pared. El escenario perfecto para su desastre.

La primera hora fue genial. Hablamos, reímos, contamos anécdotas. Me sentí relajado por primera vez en semanas. Pensé: "Ok, esta es la Estefani de la que me enamoré". Craso error. En medio de una historia que contaba Alberto sobre su trabajo, sentí la mano de Estefani en mi espalda. Al principio fue una caricia normal, pero luego empezó a bajar. Deslizó su mano por debajo de mi camiseta, sus uñas rozando mi piel.

Mi cuerpo se tensó por completo. Mi corazón empezó a latir a mil por hora.

—…y entonces mi jefe me dijo que el reporte era para ayer —decía Alberto, ajeno a todo.

Yo intentaba seguirle la conversación. —No puede ser, qué descaro —logré decir, mientras sentía los dedos de Estefani pellizcarme suavemente el costado, subiendo y bajando.

Mi cara empezó a arder. Estaba seguro de que me había puesto rojo como un tomate. Mi única preocupación era que Carla o Alberto lo notaran. Luchaba por mantener una expresión normal, por participar en la plática, mientras bajo la mesa estaba ocurriendo una invasión a mi espacio personal. Ella me miraba de reojo, con una sonrisita satisfecha, disfrutando de mi pánico. Era una tortura.

Apenas pagamos la cuenta y salimos del restaurante, me esperé a que Carla y Alberto se despidieran y doblaran la esquina. Entonces me giré hacia ella, furioso.

—¿Se puede saber qué te pasa? —le reclamé, con la voz temblando de rabia—. ¿Qué fue todo eso allá adentro? ¿Ahora tienes la libido muy alta o qué te sucede?

Ella se rio. Una risita suave, como si yo estuviera exagerando.

—Ay, no te pongas así. Solo me estaba divirtiendo un poco. Quería ver las reacciones de mi uke cuando lo tocan en público.

La palabra "uke" me cayó como un balde de agua fría.

—¡Que no soy tu maldito uke! —le grité, más alto de lo que pretendía—. ¡Soy Elian, tu novio! ¡Estábamos con mis amigos! ¿Te das cuenta de lo humillante que fue eso para mí? ¿Qué habría pasado si se dan cuenta?

—Pero no se dieron cuenta, ¿o sí? —respondió, cruzándose de brazos—. Era nuestro pequeño secreto. A mí me parece muy excitante, ver cómo intentas controlarte. Te veías adorable todo sonrojado.

Discutimos ahí mismo, en medio de la calle. Yo le decía que había cruzado una línea, que era una falta de respeto. Ella insistía en que yo era un aburrido, un exagerado, y que no sabía apreciar "su forma de amar". Al final, como siempre, yo estaba agotado de pelear. Y una parte de mí, la parte más idiota que aún la quería, empezó a buscar excusas: "Bueno, en realidad nadie vio nada. Ya pasó. No fue para tanto".

Así que la dejé ir. Respiré hondo y me tragué mi rabia.

—Solo… no vuelvas a hacerlo, por favor —le dije, ya sin fuerzas.

—Voy a intentar controlarme —prometió ella, aunque su tono no tenía nada de convincente.

Pensé que al confrontarla y luego perdonarla, había puesto un límite. No sabía que solo le había enseñado hasta dónde podía llegar la próxima vez. Y que lo que venía sería mucho peor.

Mi estúpida esperanza de que las cosas mejoraran se hizo polvo. La promesa de Estefani de "intentar controlarse" fue una mentira descarada. A partir de esa noche, los toqueteos no solo no pararon, sino que se hicieron parte de nuestra rutina. Era su nueva forma de "jugar". Si íbamos al cine, en cuanto las luces se apagaban, su mano ya estaba en mi pierna, subiendo peligrosamente. Me susurraba cosas al oído, frases que parecían sacadas de sus guiones.

—Shhh, no te muevas. Eres mi uke, tienes que obedecer —me decía en voz baja, mientras yo me hundía en la butaca, rezando para que nadie a nuestro alrededor escuchara.

En restaurantes con amigos, en reuniones familiares, en cualquier sitio. Se había vuelto adicta a la emoción de hacerlo en público, a ver mi rostro de pánico y mi lucha por mantener la compostura. Yo vivía en un estado de alerta constante, nunca sabía cuándo iba a empezar su "juego". Mi relación se había convertido en un campo de minas.

Pero el colmo, la gota que casi derrama el vaso, fue la cena con sus padres. Buena gente, súper tradicional. Yo, obviamente, tratando de ser el yerno perfecto. Estábamos todos en la mesa, hablando de cosas triviales, y de repente sentí su pie. Empezó como un roce en mi tobillo, pero luego fue subiendo por mi pantalón, lento, deliberado, hasta detenerse en la parte alta de mi muslo.

Me quedé helado. Mi corazón se disparó. La miré, pero ella estaba hablando con su mamá de una receta, sonriendo como si nada. La única pista era esa pequeña sonrisa torcida que solo yo conocía. Y su pie no paraba, empezó a presionar rítmicamente. Sentí que toda la sangre se me subía a la cabeza. Seguro estaba rojo como un tomate. No podía ni respirar bien.

Su papá se dio cuenta. Dejó los cubiertos y me dijo, con auténtica preocupación:

—Elian, ¿te encuentras bien? Te has puesto muy rojo.

Sentí la mirada de su madre también. El mundo se me hizo pequeño. ¿Y Estefani? Aumentó la presión del pie.

—Yo... sí, estoy bien, señor —logré balbucear—. Es solo... que tengo un poco de calor.

Agarré el vaso de agua como si mi vida dependiera de ello. Tenía la mano temblando.

Y para rematar la jugada, para hundirme del todo, Estefani se giró, me puso una mano en el hombro y con una cara de falsa preocupación que ocultaba una burla evidente, dijo:

—Ay, mi amor, ¿seguro que estás bien? No pasa nada si te sientes mal, solo tienes que decirlo. Sabes que puedes confiar en nosotros.

Ese "nosotros" me mató. Solo pude asentir. No sé cómo sobreviví al resto de la cena.

En cuanto nos subimos al coche y nos alejamos un par de calles, no aguanté más. Frené de golpe y me giré para encararla.

—¿¡Se puede saber qué demonios te pasa por la cabeza!? —le grité. Nunca le había gritado así—. ¿¡ENFRENTE DE TUS PADRES, ESTEFANI!? ¿¡EN SERIO!?

Ella se hizo la sorprendida.

—Solo era un juego, Elian, cálma...

—¡NO ME PIDAS QUE ME CALME! —le corté, golpeando el volante—. ¡ESTO NO ES UN JUEGO! ¡ES HUMILLANTE! Ya no sé ni qué pensar de ti, de tu fetiche enfermo.

Tenía un nudo en la garganta, una mezcla de rabia y vergüenza.

—No puedo más con esto. De verdad. Estoy pensando seriamente en terminar contigo.

Ahí su cara cambió. El pánico borró la arrogancia. Se me echó encima, intentando abrazarme, llorando.

—¡No, no, Elian, por favor, no digas eso! ¡Perdóname, por favor! Me dejé llevar, fui una estúpida.

—¿Que te dejaste llevar? ¡Llevas semanas con esto!

—¡Lo sé, y lo siento! ¡Te lo juro! —sollozaba sin control—. No volverá a pasar. Te lo prometo. Nunca más. Por favor, no me dejes.

Y yo, la vi llorar y una parte de mí solo quería que todo volviera a la normalidad.

—Está bien... —le dije, sin energía—. Pero es la última vez, Estefani. La última. Si vuelve a pasar algo así, se acabó.

—Sí, te lo juro. La última vez —repitió ella, aferrándose a mi brazo.

Le creí. O quise creerle. Pero mientras conducía de vuelta a casa, con ella en silencio a mi lado, sentí un frío en el estómago. 

Después de la explosión en el coche, las cosas cambiaron. O eso creí. Estefani cumplió su palabra. De la noche a la mañana, los toqueteos raros, los susurros de manga y todo ese rollo desaparecieron por completo. Fue como si esa versión de ella nunca hubiera existido.

Y para asegurarse de que yo olvidara el mal trago, se puso en modo "mejor novia del mundo". En serio, fue una semana increíble. Me despertaba con el desayuno hecho, me mandaba mensajes cursis durante el día, y por las noches, me esperaba con la cena o con algún plan tranquilo que a mí me gustara. Vimos películas sin interrupciones raras, salimos a caminar, hablamos de todo y de nada. Volvió a ser la Estefani de la que me enamoré: atenta, divertida, cariñosa de una forma... normal.

Me consentía en todo. Si mencionaba que se me antojaba algo, al día siguiente lo tenía. Me compró el videojuego que llevaba esperando meses sin que yo se lo pidiera. Me hacía masajes en la espalda después del trabajo. Poco a poco, la tensión en mis hombros empezó a desaparecer. Empecé a pensar que, tal vez, de verdad había entendido el mensaje. Que la amenaza de dejarla la había asustado lo suficiente como para cortar de raíz con esa mierda.

Y justo cuando mi guardia estaba más baja, una noche, después de una cena perfecta que ella había preparado, estábamos en el sofá, abrazados. Todo se sentía bien, tranquilo. Entonces, se movió un poco para mirarme a los ojos. Su expresión era suave, casi tímida.

—Oye, amor... —empezó, con voz baja—. Sé que he sido una idiota. De verdad que lo siento mucho. Esta semana... he intentado demostrarte que te quiero de verdad y que lamento haberte hecho sentir mal.

—Lo sé —le dije, y era verdad. Me sentía mal por haberla hecho llorar de esa manera en el coche—. Te has portado increíble, Estefani. Gracias.

Ella sonrió, un poco aliviada. Se acercó y me dio un beso corto.

—Es que... hay algo que quiero pedirte. Y si dices que no, lo entenderé perfectamente, ¿vale? No me voy a enojar ni nada.

Sentí un pequeño nudo en el estómago.

—¿Qué cosa?

Dudó un segundo, como si buscara las palabras correctas.

—Bueno... ya sabes... mis... gustos. Los que te molestaban. Sé que en público fue una línea que no debí cruzar nunca. Fue estúpido y humillante para ti, y lo entiendo. Pero... me preguntaba... si tal vez... solo aquí, en la cama, podríamos... intentarlo de nuevo.

Me quedé callado. El nudo en mi estómago se apretó. Todas las alarmas en mi cabeza empezaron a sonar, recordándome la cena con sus padres, el cine, la vergüenza.

Ella debió notar mi cambio de expresión, porque se apresuró a añadir:

—¡Solo si tú quieres, de verdad! Sería nuestro secreto, solo entre nosotros. Sin presiones. Pero... es algo que a mí me gusta mucho, y me gustaría poder compartirlo contigo, en un lugar seguro. Pero si te hace sentir incómodo, lo olvidamos para siempre, te lo juro.

Y ahí estaba la trampa. Me lo presentó de una forma tan razonable, tan dulce. Se había portado tan bien toda la semana. Había cocinado para mí, me había consentido, me había pedido perdón mil veces. Decirle que no en ese momento se sentía... cruel. Sería como rechazar su esfuerzo, como decirle que su semana de "buena novia" no había servido de nada. Me hizo sentir como el malo de la película si me negaba.

Suspiré. Luché internamente por un minuto que pareció una hora.

—Solo en la cama —dije finalmente, casi en un susurro—. Nada fuera de la habitación. Y si en algún momento me siento mal o quiero parar, paramos. Sin preguntas.

Sus ojos se iluminaron. No con esa mirada depredadora de antes, sino con un alivio genuino que me desarmó por completo.

—¡Sí, sí, por supuesto! ¡Lo que tú digas, amor! Gracias, gracias, gracias.

Me abrazó con fuerza. Y yo le devolví el abrazo, pero una parte de mí se sentía hueca. Acababa de abrir una puerta que me había costado un infierno cerrar. Y aunque en ese momento no lo sabía, acababa de darle permiso para que las cosas no solo volvieran a ser como antes, sino que escalaran a un nivel que ni en mis peores pesadillas habría imaginado. Lo que empezó esa noche como un "juego" consensuado, se convertiría en una espiral de peticiones cada vez más extrañas y retorcidas. Y yo, por idiota, había dicho que sí.

Mi estúpido "acuerdo" de mantener las cosas solo en la habitación funcionó, si por "funcionar" te refieres a que me dio una falsa sensación de control que duró menos de una semana. Al principio, volvimos a lo de antes: yo atado a la cama, ella recitando sus diálogos de manga mientras yo tenía que suplicar. Ya era humillante, pero era un nivel de humillación que, trágicamente, ya conocía. Me decía a mí mismo que podía soportarlo, que era el precio a pagar por la paz fuera del cuarto.

Pero la paz tenía un precio cada vez más alto. Una noche, después de un día en que me había tratado como a un rey, llegó a la habitación con una caja de una tienda online. Tenía esa sonrisa emocionada que ponía cuando estaba a punto de salirse con la suya.

—Amor, te compré un regalo —dijo, dejando la caja en la cama.

La abrí con una sensación de pavor. Dentro, doblado sobre un papel de seda, había un uniforme de colegiala japonesa. Una falda de tablas cortísima, una blusa blanca con un lazo rojo y unas medias altas. Me quedé mirando aquello, sin poder creerlo.

—Es una broma, ¿verdad? —dije, con la voz apenas audible.

—No, tontito. Es para nuestro juego de esta noche. Quiero que te lo pongas.

La miré y solté una risa seca, sin humor.

—Ni de coña, Estefani. Olvídalo. Hay límites, y este es uno de ellos. No voy a ponerme eso.

Su sonrisa se desvaneció y la reemplazó una expresión de niña a la que le quitan un dulce.

—¿Por qué no? Es solo un disfraz. Un juego. Dijiste que lo intentaríamos.

—¡Dije que intentaríamos! ¡No que me convertiría en tu muñeca travesti! —exploté, tirando la blusa de vuelta a la caja—. Soy tu novio, Estefani. Un hombre. No voy a hacer algo así.

Ahí empezó la ofensiva. Primero, la culpa.

—Yo que me esfuerzo tanto por hacerte feliz, que te cocino, que te consiento... ¿y no puedes hacer esta pequeña cosa por mí? ¿Algo que me haría tan feliz?

Luego, la manipulación.

—No es para tanto, Elian. Es solo tela. No te va a pasar nada. Además, te voy a vendar los ojos. Ni siquiera tendrás que verte.

La discusión duró casi una hora. Yo me negaba una y otra vez, pero ella insistía, suplicaba, lloraba un poco. Y yo estaba tan cansado. Cansado de pelear, y sí, me sentía un maldito ingrato después de cómo me había tratado los últimos días. Al final, como siempre, me rompí.

—Está bien... —mascullé, derrotado—. Pero que sea la última vez que me pides algo así.

Esa noche fue la peor de mi vida hasta ese momento. Ahí estaba yo: atado a la cama, con esa falda ridícula que se sentía como lija sobre mi piel, la camisa apretada, las medias... y con los ojos vendados. El combo completo. La venda en los ojos no era para que yo no me viera; era para que mi vulnerabilidad fuera total.

Y lo peor es que funcionó. Ya no tenía que fingir. Cuando estás atado, sin poder ver, sin poder moverte y vestido de una forma que te arranca toda tu identidad, toda tu masculinidad... te sientes roto. No hay otra palabra. Las súplicas que salían de mi boca ya no se sentían tanto como un guion. Comenzaban a sonar un tanto reales. 

Pensé que cumpliría su palabra, que sería la última vez. Ingenuo de mí. Dos semanas después, apareció otra caja. Esta vez, era un disfraz de mucama. Con su delantal y su cofia. La pelea fue más corta. Yo ya no tenía fuerzas. Me negué por puro instinto, pero mi resistencia era un castillo de arena. Terminé cediendo en diez minutos.

La situación ya no era un fetiche que compartíamos. Era una demolición sistemática de mi persona. Ella me pedía que hiciera y dijera cosas que jamás en la vida un hombre se plantearía. Y yo lo hacía. Atado, vendado, disfrazado y suplicando. Ya no estaba fingiendo sentirme vulnerable ante Estefani; aquella situación me hacía sentir vulnerable en todos los sentidos posibles. Ella ya no tenía a su novio en la cama, tenía a un muñeco roto que hacía todo lo que le pedía. Y lo más aterrador era que una parte de mí 

empezaba a resignarse.

Pasaron los días y mantuvimos está rutina. 

No sé qué disfraz llevaba puesto esa noche. Creo que era el de mucama otra vez. Sinceramente, ya no importaba. Mi cerebro había aprendido a desconectarse, a entrar en un estado de resignación mientras ella me ataba las muñecas a la cabecera de la cama y me ponía la venda en los ojos. Era la rutina del horror. El peaje que pagaba por la "paz".

Pero esa noche, algo fue diferente desde el principio. Sus manos estaban más frías, más mecánicas al atarme. No había susurros juguetones ni risitas. Solo silencio. Una vez que estuve inmovilizado y ciego, la escuché moverse por la habitación, abrir un cajón. Luego, sentí cómo se sentaba a mi lado en la cama.

El primer golpe me sacó el aire. Fue un impacto seco y ardiente en el muslo. No fue con su mano. Era algo duro, flexible. Un juguete, supuse. Un latigazo.

—¡Auch! —grité por instinto—. Estefani, con eso no.

Silencio. Luego, otro golpe, esta vez en el estómago. Más fuerte. Me doblé todo lo que las ataduras me permitían. El dolor era agudo, real.

—¡Estefani, para! ¡Me estás lastimando! —mi voz ya sonaba asustada.

Escuché una risa de su parte. ¿Ella lo estaba disfrutando?.

—Mi uke tiene que aprender a aguantar —dijo, y su voz sonaba distante, como si estuviera hablando para otra persona.

Otro golpe. Y otro. En las piernas, en el torso. Empezó a empujarme bruscamente, azotando mi cuerpo contra el colchón. Mi cabeza rebotaba contra las almohadas. Esto ya no era un juego, no había nada erótico ni consensuado. Era una paliza.

—¡PARA, POR FAVOR! ¡TE ESTOY DICIENDO QUE PARES! —mi garganta se desgarraba. Las súplicas ya no eran parte de un guion. Eran gritos de auxilio—. ¡ME DUELE! ¡ESTEFANI!

Ella no respondía. Solo seguía. En uno de los empujones, me zarandeó con tanta fuerza que mi cabeza se golpeó contra la cabecera de madera. El impacto hizo que la venda, que ya estaba algo floja, se deslizara por mi cara y cayera sobre mi pecho.

Parpadeé, desorientado por el dolor y las luces de la habitación. Y entonces, la vi.

No me estaba mirando a mí. Estaba de pie, al lado de la cama, sosteniendo una pequeña cámara de video con la mano. El punto rojo de grabación brillaba como un ojo infernal. Su cara solo expresaba pasión. Pero con ella venía acompañada una expresión de fría y absoluta concentración. Estaba encuadrando la toma. Filmando mi dolor.

Toda la sangre abandonó mi cuerpo. Me quedé blanco, helado. Un miedo que nunca antes había sentido, un terror puro y visceral, se apoderó de mí. No era miedo al dolor físico, era miedo a ella, a esa desconocida que me grababa mientras me golpeaba. A lo que era capaz de hacer.

—Por favor... no... —mi voz fue un susurro roto. El terror me había robado el aire.

Al ver que ya no tenía la venda, ella pareció terminar su "escena". Apagó la cámara, la dejó en la mesita de noche y se acercó a desatarme, como si acabara de terminar una tarea doméstica.

Apenas me soltó, me arrastré fuera de la cama, con el cuerpo temblando y cubierto de marcas rojas. No le dije nada. Caminé directamente hacia la mesita de noche, tomé la cámara, la levanté por encima de mi cabeza y la estrellé contra el suelo de madera con toda la fuerza que pude reunir. El plástico se hizo añicos con un estruendo violento.

Ella soltó un grito.

—¿¡QUÉ HACES!? ¿¡ESTÁS LOCO!? ¡ME HAS ROTO LA CÁMARA!

Me giré y la enfrenté. La rabia y el miedo me hacían temblar de pies a cabeza.

—¿¡A MÍ QUÉ ME PASA!? —grité, con una voz que no reconocía como la mía—. ¿¡QUÉ MIERDA TE PASA A TI, ESTEFANI!? ¡ME ESTABAS GRABANDO!

—¡Cálmate, Elian! ¡No es para tanto!

—¡¿QUE NO ES PARA TANTO?! —di un paso hacia ella, y retrocedió—. ¡ME ESTABAS GOLPEANDO! ¡TE GRITÉ QUE PARARAS, QUE ME ESTABAS HACIENDO DAÑO Y NO TE IMPORTÓ UN CARAJO! ¡Y TENÍAS ESA PUTA CÁMARA ENCENDIDA TODO EL TIEMPO!

—¡No iba a compartirlo con nadie! —su voz se volvió suplicante, la misma que usaba para convencerme—. ¡No es lo que piensas!

—¿¡ENTONCES QUÉ ES, EH!? ¡EXPLÍCAMELO!

—Yo... —tartamudeó, buscando una excusa—. Es que... no sabía hasta cuándo estarías dispuesto a seguir con los juegos... y yo quería guardarlo. Solo para mí. Como un recuerdo.

La miré, asqueado. La desconexión entre sus palabras y lo que acababa de pasar era demencial.

—Un recuerdo... —repetí, incrédulo—. Mírame. ¿Esto querías de recuerdo?

Se quedó en silencio. Me acerqué más, mi voz bajó a un siseo helado.

—Respóndeme una cosa. Y quiero la verdad. ¿Es el único video que tienes? ¿Es la primera vez que me grabas?

Sus ojos se movieron nerviosamente.

—¡Sí! ¡Claro que sí! Te lo juro, Elian. ¡Es la primera vez! ¡Nunca antes lo había hecho!

No le creí. Ni una palabra. Pero ya no importaba. La confianza, el amor, todo se había hecho añicos en el suelo junto con esa cámara.

Me di la vuelta y, sin decirle nada más, empecé a quitarme el ridículo disfraz. Lo tiré al suelo como si fuera basura. Caminé hacia el armario y saqué mis vaqueros y una camiseta. Me vestí en un silencio sepulcral.

Ella me miraba, ahora asustada de verdad.

—¿Qué haces? —preguntó en voz baja.

No respondí.

—Elian... ¿a dónde vas? Por favor, háblame. No te vayas así. Podemos arreglarlo.

Terminé de ponerme los zapatos. Busqué mi cartera en el pantalón que había dejado tirado, mi teléfono en la mesita de noche. Cogí las llaves del coche. Cada movimiento era lento, deliberado.

—Elian... —sollozó ella.

Caminé hacia la puerta de la habitación. No la miré. No podía. Si la miraba, no sabía de lo que sería capaz. Abrí la puerta, salí al pasillo y la cerré detrás de mí. El "clic" de la cerradura fue el sonido más definitivo que he escuchado en toda mi vida. Se había acabado.

No volví a entrar a ese apartamento esa noche. Conduje sin rumbo por casi una hora, solo para calmar el temblor de mis manos. Me detuve en el estacionamiento de una tienda 24 horas y finalmente saqué el teléfono.

Tenía decenas de llamadas perdidas de ella y una avalancha de mensajes. Los ignoré todos y le escribí un último mensaje. Fui tan frío y directo como pude.

"No voy a volver al apartamento esta noche. Quiero que para mañana al mediodía hayas sacado todas tus cosas. Si cuando llegue sigues ahí, llamaré a la policía para que te saquen por la fuerza. No es una amenaza, es una promesa."

Hice una pausa y añadí la parte que más me aterraba.

"Y que te quede una cosa muy clara, Estefani. Si alguna vez me entero o llego a ver un solo video o foto mía circulando en cualquier parte de internet, te juro por mi vida que te llevaré a juicio. No me importa cuánto cueste o cuánto tarde, usaré todo lo que tengo para arruinarte la vida. No me vuelvas a contactar."

Envié el mensaje y apagué el teléfono. No quería ver su respuesta. No quería saber nada más de ella. Pasé la noche en un pequeño hotel de carretera, sin poder dormir, solo mirando el techo y reviviendo el brillo de esa luz roja de la cámara una y otra vez.

Al día siguiente, volví al apartamento después del mediodía, con el corazón en la garganta y preparado para lo peor. Pero la amenaza había funcionado. Ella no estaba. Y sus cosas tampoco. El armario estaba medio vacío, sus productos habían desaparecido del baño, sus mangas y figuras ya no estaban en las estanterías. El único rastro de ella era un leve olor a su perfume en el aire y los pedazos rotos de la cámara que yo había dejado en el suelo. Barrí los restos y los tiré a la basura. Fue como cerrar el último capítulo de una pesadilla.

Han pasado un par de meses desde entonces. He estado yendo a terapia para procesar todo esto. Pero la razón por la que escribo este post final es por algo que pasó la semana pasada. Reuní el valor para contarle toda esta historia a dos de mis mejores amigos, esperando algo de apoyo.

Su reacción no fue la que esperaba.

Después de un silencio incómodo, uno de ellos se empezó a reír.

—No jodas, güey... ¿Te vestía de colegiala? —dijo entre carcajadas.

El otro se unió.

—Oye, pues con lo buena que estaba Estefani... yo por unos cuantos azotes y que me vista de lo que quiera, ¡jalo! No era para tanto, exagerado.

Me quedé helado. Intenté explicarles la agresión, el miedo que sentí al ver la cámara, la humillación. Pero no lo entendían.

—Pues sí, lo de la cámara estuvo mal —admitió uno de ellos, ya más serio—. Pero, carnal, siendo honestos, también fue un poco tu culpa, ¿no? Dejaste que la cosa escalara demasiado. Si desde el principio le hubieras puesto un alto, nada de esto habría pasado. Dejaste que la relación fracasara por no marcar un límite a tiempo.

Y eso me dejó pensando. Me culparon a mí. Dijeron que yo era el responsable por no haber sido lo suficientemente "hombre" para detenerla antes. Que por lo buena que estaba, la humillación valía la pena.

Así que por eso estoy aquí, contándoles todo esto a ustedes, completos extraños en internet. Porque la gente que se supone que me conoce me ha dejado más confundido que antes. He estado repasando todo en mi cabeza sin parar.

Sé que ella estaba mal, que cruzó todas las líneas imaginables. Pero después de escuchar a mis amigos, no puedo evitar preguntarme... ¿Tienen razón? ¿Fui yo el culpable? ¿Soy el malo por haber dejado que una relación con una chica obsesionada con el yaoi fracasara de una forma tan desastrosa?

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