Mi novio empezó a subir contenido a la plataforma azul sin decírmelo. Lo hizo por nosotros. Pero los celos me están destruyendo.
Mi nombre es Valeria y tengo 27 años, mi actual pareja se llama Derek y tiene 28 años. Estamos juntos desde casi tres años, Pero fue hace un año cuando todo empezó a quebrarse.
Vivíamos en un departamento alquilado, compartiendo lo justo, sobreviviendo entre facturas impagas, deudas acumuladas y silencios que a veces dolían más que las discusiones. Él había perdido su trabajo hacía meses. Yo arrastraba un crédito universitario que se había vuelto impagable. Había días en los que el único lujo que nos dábamos era tomar café juntos, en silencio, mirando por la ventana y fingiendo que estábamos bien.
Y sin embargo, incluso en esa rutina gris, él tenía una forma de resaltar. No era algo que intentara. Era su forma de caminar con seguridad, de hablar sin levantar la voz pero con firmeza, de mirar a los ojos como si supiera algo que los demás no. Tenía ese tipo de presencia que llenaba un espacio sin ruido. Alto, con el cuerpo marcado más por hábito que por vanidad, de sonrisa tranquila. El tipo de hombre que hacía que otras personas se giraran a verlo por la calle, aunque él no se diera cuenta. O tal vez sí, pero nunca lo parecía.
Y sin embargo, él estaba conmigo.
Me decía que era feliz. Que no necesitaba nada más. Que lo que más valoraba era mi forma de mirarlo como si él no tuviera que demostrar nada.
Pero los meses pasaban. Las deudas crecían. Y un día, de la nada, empezaron a desaparecer.
Primero pensé que era casualidad. Tal vez había conseguido un trabajo remoto y no quería decirme nada hasta que se estabilizara. Pero no. Lo veía todo el día en casa. A veces frente a su laptop, otras simplemente haciendo tareas del hogar con música de fondo.
De pronto, empezó a pagar el alquiler sin que yo tuviera que recordárselo. Pagaba la luz, el gas, incluso adelantó cuotas de mi tarjeta. Nunca me dijo cómo. Y yo tampoco pregunté. No de inmediato. Tal vez porque tenía miedo de escuchar la respuesta.
La verdad vino sola, semanas después, como una confesión tardía en medio de una madrugada insomne.
—No te lo dije porque sabía que ibas a odiarlo —me dijo, sin rodeos, una noche en la cocina, con la taza de café entre las manos—. Pero necesitábamos salir del hoyo. Y esto funcionó. Está funcionando.
—¿Qué hiciste?
—Subo fotos, videos, mi contenido íntimo… Nada que no puedas ver tú cuando quieras. Pero lo ve gente que paga. Y con eso estoy cubriendo todo.
Sentí una mezcla de rabia, incredulidad y tristeza. Como si me hubieran dado una bofetada con la razón de su lado.
—¿Y no pensaste en decírmelo antes? ¿En preguntarme?
—No quería que cargaras con eso también. Ya tienes suficiente. Yo… yo cargué con la decisión porque las deudas eran de los dos. Y muchas eran tuyas.
Me quedé de pie, sin saber qué decir. Vi su lunar en la cadera izquierda, ese que solía besar como un secreto. Ahora lo conocían todos. Y eso me dolía más que cualquier deuda.
Esa noche no dormimos. O mejor dicho, yo no dormí. Él se quedó en el sofá, en silencio, mientras yo lloraba sin hacer ruido en la habitación.
No sé cómo logré cerrar la puerta del dormitorio sin temblar. La cabeza me zumbaba, como si alguien hubiera gritado algo en medio del pecho y ahora solo quedara el eco. Me senté al borde de la cama con las manos heladas. Él había dicho la verdad… y sin embargo, eso no bastaba.
Minutos después, escuché que golpeaba la puerta, con suavidad.
—¿Puedo pasar?
No respondí. La manija giró igual, y lo vi entrar, con el torso desnudo, los ojos cansados y ese lunar en la cadera que ahora sentía como una herida.
—Valeria… —dijo mi nombre como si le doliera—. Por favor, dime algo.
—¿Qué quieres que te diga?
—No lo sé. Lo que pienses. Lo que sientas.
Lo miré, y me costó reconocerlo. Era él, sí. El hombre que me preparaba el café. El que me envolvía con los brazos cuando no podía dormir. Pero también era alguien que había subido su cuerpo a internet. Que lo había mostrado. Vendido. Compartido.
—No puedo creer que lo hiciste sin decirme. —Mi voz era baja, pero firme—. ¿Tanto costaba preguntarme?
—No quería meterte en eso. Ya estabas estresada con tu deuda, tus turnos, tus migrañas…
—¿Y creíste que esto me iba a estresar menos cuando me enterara? ¿Que ibas a hacer ese tipo de contenido con otras mujeres, con miles de personas viéndote, y yo iba a… qué? ¿Aplaudirte?
Él se quedó en silencio. Ni siquiera intentó justificarlo.
—Era eso o seguir comiendo arroz todos los días. No teníamos otra salida. Yo no tenía trabajo. Tú no podías más. Nos iban a cortar el agua, Valeria. Ya no dormías. Ya no sonreías. No sabía cómo ayudarte.
—¿Y ahora sí sabes? ¿Ahora que un montón de desconocidas te mandan mensajes a las tres de la mañana pidiéndote más contenido? ¿Ahora que tienes que hacer colaboraciones con otras mujeres para pagar las facturas?
Lo dije con rabia, pero también con miedo. Porque parte de mí sabía que no estaba mintiendo. Que sí nos había ayudado. Que sí habíamos salido del hoyo. Pero eso no borraba la forma en que se me revolvía el estómago al imaginar que alguien más sabía cómo se le tensaban los músculos cuando se reía, o cómo sonaba su voz al gemir.
—¿Tú sabés lo que hiciste? —le pregunté—. Yo confiaba en tí. Pensé que podíamos con todo juntos. Pero esto... esto lo decidiste solo. Tú solito tomaste la decisión de venderte. De exponer tu cuerpo. Y no lo hiciste por tí. Lo hiciste "por nosotros", como si eso me obligara a estar bien con todo.
Él respiró hondo, acercándose, pero no me tocó.
—¿Y qué querías que hiciera? ¿Esperar a que la deuda nos comiera vivos? ¿Verte quebrarte poco a poco?
—¡Quería que me lo dijeras! —grité—. ¡Quería que confiaras en mí! Aunque fuera para discutirlo, aunque yo te rogara que no lo hicieras. Al menos habría tenido la opción de luchar con vos, no de enterarme cuando ya era tarde.
Las lágrimas me caían sin permiso. No eran las primeras. Pero sí eran las que más dolían.
—No quiero que lo sigas haciendo.
—No puedo dejarlo —respondió bajo, pero sin dudar—. Si lo dejo ahora, volvemos a lo de antes. No tenemos margen, ok. No lo hacemos por gusto. Lo hacemos porque nadie nos ayuda. Y yo no voy a dejarte sola con esa carga.
Me tapé la cara con las manos. No quería escucharlo. Porque tenía razón. Porque odiaba que tuviera razón.
Después de un largo silencio, le hablé sin mirarlo:
—Entonces, no me pidas que lo entienda. No me pidas que lo acepte. Voy a seguir al lado tuyo, sí, pero voy a necesitar tiempo. Mucho. Porque no es solo el hecho… es cómo me siento. Es el asco de saber que ya no eres solo mío. Que hay otras que te ven como yo te veo. Que hay gente que te desea. Que se da placer pensando en ti.
Derek se quedó ahí. Quieto. Solo dijo una cosa, antes de irse al sofá:
—Yo sí soy solo tuyo. Aunque no lo parezca.
Una noche salí con mis amigas. Habíamos planeado ver películas y ponernos al día, pero en realidad yo solo quería distraerme. Me sentía llena de emociones que no podía compartir con nadie más. Necesitaba silencio, o al menos ruido que no doliera.
Estábamos en el departamento de Carla, una botella de vino barato en la mesa, las luces tenues, y esa mezcla de risas nerviosas y conversaciones a medio camino entre lo banal y lo íntimo.
En algún momento, Paula sacó el celular y dijo, como si nada:
—No sé si les conté, pero empecé a seguir a un tipo en la plataforma azul que está… uf. Literalmente el más guapo que he visto. Se hace llamar Leo_Sky. Tiene un lunar en la cadera que es para morirse.
Mi corazón se paralizó.
Carla levantó la cabeza:
—¿Leo_Sky? ¿El que sube los videos con la chica tatuada? ¿Ese que hace como que la cámara no está, pero se nota que sabe lo que hace? Es una locura ese tipo.
—Exacto —siguió Paula—. Esa mezcla de seguro, pero sin parecer presumido. Y ese cuerpo…
—Sí —añadió otra—. Es como ver una fantasía bien filmada. No es sucio, es… artístico. Pero te calienta igual.
Me tragué el vino de un trago. No dije nada. Ellas no sabían. O al menos eso pensé.
Hasta que Carla me miró con una expresión rara.
—Oye… ¿no se parece un poco a… tu novio?
No pude evitarlo. Cerré los ojos. Ya no había salida.
—Es él —dije. Sin rodeos. Sin tono. Solo la verdad.
Un silencio se apoderó de la habitación. Las tres me miraron.
—¿Hablas en serio? —preguntó Paula.
Asentí. Podía ver cómo procesaban la información, cómo se les desfiguraba la risa.
Carla fue la primera en decir algo:
—Wow… no teníamos idea. Perdón si dijimos algo fuera de lugar.
—No, está bien —mentí.
—Es que… bueno, no es como si aparezca con cartel de “tiene pareja” —intentó justificar Paula—. Es contenido público, ¿no?
—Sí —dije. Aunque lo que quería decir era: no debería ser tan público para ustedes.
Y entonces, como si no pudiera evitarlo, Paula soltó una risa incómoda:
—Igual… si algún día lo dejas, no me juzgues si le escribo.
Rieron. Yo no.
Y lo peor fue que ninguna lo notó.
Pensé que lo más difícil había sido la confesión. Pensé que con el tiempo, una vez que lo aceptara, todo se iría acomodando.
Pero estaba equivocada.
Derek quiso hacerme parte del proceso. Me mostró las cuentas, los mensajes, las estadísticas. Me dijo que podía ver con quién trabajaría, cómo grababan, que todo era consensuado, profesional. Que no era tan distinto de actuar, solo que sin un set de película detrás. Que no había besos reales, ni vínculos, solo interpretación.
Y por un tiempo, intenté creerle. Pensé que tal vez, si yo entendía todo el contexto, dolería menos. Que al saber nombres, rostros, métodos, podría separar lo emocional de lo funcional.
Pero no fue así.
Conocerlas no me trajo paz. Me trajo imágenes.
Cada nombre tenía cara. Cada cara, un cuerpo. Cada cuerpo, una escena que podía imaginar.
Y peor aún: una noche, conocí a una de ellas en persona.
Fue después de que él regresara de una sesión de grabación. Yo bajaba del colectivo cuando los vi: Derek y una chica bajando de un Uber, riendo por algo. Ella tenía el cabello rizado y una risa fuerte. Llevaba una mochila grande, y él cargaba con una luz portátil.
Me acerqué sin hacer ruido. No fue intencional. Simplemente sucedió. Derek me vio primero, se tensó. Ella lo notó segundos después y saludó con simpatía, como si yo fuera una amiga más.
—¿Tú debes ser Valeria? Derek me habló de ti. Soy Aline.
Le sonreí sin ganas. No era su culpa. Pero en ese momento, la odié.
Caminamos a casa en silencio.
—¿Tienen mucha química? —pregunté, sin mirarlo.
—Es solo trabajo —respondió.
Pero esa noche, cuando me duchaba, no pude evitar imaginar sus manos en ella. El lunar de su cadera, sus gemidos, sus risas. Lo que antes era mío, ahora estaba disponible por suscripción.
Y yo sentía que me iba desgastando.
Unas semanas después, ocurrió algo peor.
Íbamos de camino al supermercado cuando una chica se le acercó en plena calle. Tenía unos veintitantos, shorts cortos y el celular en la mano.
—¿Eres Leo_Sky? —preguntó, como si fuera una celebridad. —¡Wow, eres más guapo en persona! ¿Puedo tomarme una foto contigo?
Derek, incómodo, aceptó.
Ella lo abrazó por la cintura y se apretó contra él como si lo conociera de toda la vida. Yo estaba a un costado, con la bolsa en la mano. Invisible.
—¿No vas a presentarme? —pregunté, en voz baja.
La chica me miró de arriba abajo. —¿Tu novia? —le preguntó a Derek, como si fuera un dato curioso.
—Sí —dijo él.
—Suerte la tuya… —añadió ella, con una media sonrisa, y se fue caminando como si hubiera ganado algo.
Yo exploté ahí mismo.
—¿Te parece normal? ¿De verdad crees que esto es sano? ¡Me estás exponiendo!
Derek trató de calmarme.
—No fue para tanto…
—¡Claro que lo fue! ¡Te abrazó como si fueras su pareja! ¡Y tú lo permitiste! ¡Todo el maldito mundo parece tener acceso a ti menos yo!
—Valeria…
—¡No me toques! ¡No me expliques nada! ¡Tú elegiste esto, no yo!
La gente comenzó a mirar. Él no dijo nada más. Solo se quedó ahí, en medio de la vereda, con la foto recién tomada aún brillando en el celular de alguien más.
Esa noche no hablamos. Dormimos en la misma cama, pero éramos dos cuerpos desconocidos.
Y ahí supe que ya no se trataba solo de celos. Era otra cosa. Una grieta que no dejaba de crecer.
Justo en ese mes teníamos una reunión familiar con mi familia.
Yo no quería ir. Estaba cansada. Rota por dentro. Tenía esa sensación de estar constantemente conteniéndome, como si cualquier palabra, cualquier mirada, fuera a romperme por completo. Pero no podía faltar. Era el cumpleaños de mi madre. Y todos estarían ahí.
Mi hermana Camila nos abrió la puerta con una sonrisa exageradamente amplia.
—¡Por fin llegan! Mamá estaba preguntando por ustedes.
Nos abrazó con ese entusiasmo de siempre, pero había algo en su mirada que me puso incómoda. No sabía bien qué. Solo… lo sentí.
Derek, como siempre, fue encantador. Saludó a todos con su calidez habitual, se ofreció a ayudar en la cocina, sirvió copas, hizo reír a mi padre con alguna anécdota. Yo lo observaba desde la otra punta del salón y me dolía lo fácil que parecía todo para él. Cómo podía moverse con tanta naturalidad incluso mientras sostenía un secreto que, para mí, era una carga.
Camila, entre copa y copa, no paraba de hacer comentarios indirectos:
—Ay, cuñado, con ese cuerpo ya podrías tener tu canal de ejercicios. Seguro te iría bien.
—Val, ¿cómo haces para que te cocine, te cuide y encima se vea así? Enséñame tu hechizo.
Todos reían. Yo sonreía. Por dentro, me sentía hueca.
En un momento me acerqué a la cocina por un vaso de agua. Camila me siguió.
—¿Pasa algo? —preguntó,
—No —dije, sin mirarla.
—¿Sabes? Vi un contenido el otro día de un tipo que se parecía mucho a Derek. Tenía un lunar en la cadera. Qué casualidad, ¿no?
La forma en que lo dijo, como quien lanza algo al azar pero esperando una reacción, me dejó helada.
Ella se apoyó en la barra, bajando la voz.
—Sé lo de Derek. Lo descubrí por casualidad… al principio no sabía si era él, pero después… —hizo una pausa significativa—. Te juro que no se lo dije a nadie.
Me giré a verla.
—¿Entonces has estado viendo su contenido?
Su expresión fue todo lo que necesitaba para saberlo. No me lo negó. No lo confirmó. Solo dijo:
—No pensé que que le hiciera daño a nadie, después de todo su contenido es para que lo vean ¿No. Y tampoco fue con mala intención. Solo… quería entender.
Me ardieron los ojos.
—¿Entender qué, Camila?
—Cómo puedes con todo eso. Porque yo no podría. Te admiro, en serio. — pero si algún día te cansas de él, solo dímelo y yo con mucho gusto me lo quedo
No respondí. Tragué saliva y regresé al comedor con una sonrisa prestada.
Llegué y me senté, Camila volvió e hizo lo mismo.
—¿Y ustedes cómo van? —preguntó Camila, dejando el tenedor sobre el plato—. Los veo más… relajados.
—Vamos bien — le respondí, intentando sonar natural—. Tratando de mantenernos a flote.
—Se nota —añadió Camila con una sonrisa que no terminaba de ser del todo amable—. Bueno, pero perdón que lo recalque Derek, Pero tú estás como más tonificado, ¿no? ¿Estás entrenando más?
Derek se rió por lo bajo.
—Trato de mantenerme activo. Hacer ejercicio me despeja.
—Claro —dijo ella, dejando que sus ojos bajaran apenas por un segundo antes de recuperar la compostura—. Se nota que lo haces con disciplina. No todo el mundo puede tener ese cuerpo sin constancia.
tragué saliva. No era la primera vez que mi hermana lanzaba comentarios así, pero en este contexto, con todo lo que cargaba por dentro, cada palabra me sonaba como un cuchillo mal envuelto.
—A ti siempre te gustaron los tipos con pinta de entrenador personal, Cami. — le dijo mi hermana Daniela
—No, no exageres —respondió ella entre risas—. Pero uno puede apreciar lo que está bien hecho, ¿o no?
Clave el tenedor con fuerza en la ensalada. Derek apretó el vaso entre los dedos, sin decir nada.
—Además —siguió Camila—, se nota que tienen una buena conexión. Tú, Derek, tienes como esa energía tranquila… segura. Mi terapeuta dice que ese tipo de hombres son rarísimos.
—Camila… —dije en voz baja, sin mirarla.
—¿Qué? —respondió con una sonrisa—. ¿No puedo elogiar a tu novio?
—Una cosa es elogiar, y otra es decir cosas que incomodan —intervino finalmente mi madre, con tono calmo pero firme.
Camila se encogió de hombros.
—Bueno, no fue mi intención. Supongo que hay temas más delicados que otros.
Sentí que el piso se me aflojaba un poco. No era solo que Camila lo sabía, era esa forma ambigua de dejar palabras sueltas como si no dijeran nada… cuando en realidad lo decían todo y era para que todos lo escucharan.
—¿Y tú, Derek, nunca pensaste en modelar o algo así? —preguntó Camila, como si nada—. No sé, tienes el look. Seguro más de alguien te ha dicho eso.
Él la miró, con una sonrisa tensa.
—No, la verdad no lo había considerado.
Clave mis ojos en él. Él no le devolvió la mirada.
—Igual, si algún día lo haces, avísame —soltó Camila, alzando la copa de vino—. Me encantaría apoyar… ese talento.
Las risas de los demás llenaron el aire, como si la frase no tuviera doble fondo. Pero yo sentía que la risa sonaba hueca. Que la habitación estaba demasiado iluminada. Que nadie estaba viendo lo que pasaba frente a sus ojos.
Camila se quedo callada por el resto de la cena. Cada palabra flotando como una amenaza sutil.
Volvimos de la reunión con mi familia en silencio.
Derek conducía con una mano en el volante y la otra en mi muslo, acariciando suavemente como si no notara que yo estaba a kilómetros de distancia, perdida entre pensamientos que no sabía cómo ordenar. Mi sonrisa de cortesía se había quebrado apenas cruzamos la puerta del departamento.
Derek me seguía con la mirada, atento, pero callado. Como si supiera que algo dentro de mí había empezado a deshacerse, pero no supiera cómo evitarlo. Dejó las llaves sobre la mesita del recibidor y se quitó los zapatos como de costumbre. Yo no dije nada. Camine directo a la cocina y abri el refrigerador como si buscara algo que no estaba ahí. Cerre sin tomar nada.
—¿Qué pasa? —preguntó él, suavemente.
—¿Tú crees que no me di cuenta? —respondió ella sin mirarlo.
—¿De qué?
gire sobre mis talones y lo encare con los brazos cruzados.
—De cómo te miraba Camila. De lo que decía. De lo cómoda que se sentía diciéndolo.
Derek suspiró, apoyándose contra el marco de la puerta.
—¿Y qué querías que hiciera? ¿Que armara un escándalo en la cena?
—No. Quería que la miraras con la misma frialdad con la que finges mirar a todas las demás.
Él frunció el ceño.
—No hice nada. Literalmente. No la animé, no le respondí nada raro, no jugué a coquetear. Me quedé callado.
—Ese es el problema — le dije, dando un paso hacia él—. Siempre te quedas callado. Siempre eres ese tipo tranquilo, “maduro”, que deja que las cosas pasen. ¿Pero sabes qué? Estoy cansada de ser la única que pone límites mientras tú te sigues vistiendo con silencio.
Derek apretó la mandíbula.
—¿Crees que no me incomodó? Porque sí. Me incomodó. Pero tu hermana es tu familia. Y estaba tratando de no joder más la situación. Como siempre.
—¿Y no se te ocurre pensar por qué se siente tan cómoda lanzándote indirectas? Ella lo sabe.
Él me miró en silencio.
—¿Y si lo sabe? —preguntó finalmente—. ¿Qué cambia?
Abri los ojos, dolida.
—Todo cambia, Derek. No quiero que mi hermana piense que estás disponible para sus fantasías. No quiero que vea lo que haces con los ojos que lo hacen miles de mujeres allá afuera. No quiero… no quiero que tú te acostumbres a ser visto de esa manera. Porque un día vas a dejar de notarlo. Y yo voy a seguir sintiéndome como una sombra detrás del foco.
El silencio se volvió denso.
Derek se acercó, con cautela. Apoyó sus manos sobre mis hombros, pero no me movi.
—Yo no me he olvidado de ti —dijo en voz baja—. No hay un solo día que no me acuerde de por qué lo hice. Por quién lo hice. Y sí, es una mierda. Pero no me cambió. No me convirtió en otro.
—Eso dices tú —murmure, bajando la mirada—. Pero yo estoy viendo cómo, poquito a poco, sí lo haces.
Derek suspiró.
—¿Y qué quieres que haga?
—No lo sé —respondió, sincera, dolida—. Solo sé que no puedo seguir fingiendo que no pasa nada. Que mi hermana se te insinúe en la mesa familiar, y tú lo ignores como si no pasara nada. No puedo vivir en esta constante sensación de que todo el mundo ve lo que yo quiero guardar para mí.
Derek bajó la cabeza. Quiso decir algo, pero no encontró palabras.
Me dirigí a al baño y me duché en silencio. Me lavé el rostro con fuerza, como si pudiera quitarme de encima esa mezcla de vergüenza, celos y tristeza que no tenía dónde poner. Y cuando salí, lo encontré sentado en la cama, con el celular en la mano, mirándome como si esperara una señal para acercarse o alejarse.
—¿Ya te sientes mejor? —preguntó.
Asentí. Mentí.
Y él, como siempre, me creyó. O decidió hacerlo.
Se durmió primero. Siempre lo hacía.
Yo me quedé en la sala, en la oscuridad, iluminada solo por la luz tenue del celular. No sé por qué lo hice. Tal vez porque quería odiarlo un poco más. O tal vez porque una parte de mí buscaba una excusa para perdonarlo del todo. Pero abrí su perfil. Vi su contenido.
Había un video reciente.
Él estaba con una chica. Morena, delgada, llena de tatuajes que parecían dibujados con intención. Nada explícito todavía, pero el lenguaje corporal decía más que las palabras. Ella se reía, lo miraba como si lo conociera. Como si hubiera algo íntimo entre los dos. Y en un momento, justo antes de que el corte cambiara la escena, ella le dijo algo. Algo que me congeló el pecho.
—Dímelo… solo esta vez. Dime que me amas, Derek.
Él no respondió. La pantalla se fue a negro. Un corte artístico, supongo. O intencionalmente calculado para dejar al público con hambre de más.
Pero yo ya no respiraba.
Su nombre. Dijo su nombre. No era un guión. No era un “bebé” o un “amor” genérico. Era él. Era real. Y eso dolía más que cualquier cuerpo desnudo.
No lloré al instante. Me quedé inmóvil. Como si mi sistema nervioso no pudiera procesarlo. Como si ver ese video hubiera roto algo fundamental en mí. Como si ya no supiera quién era, ni quién era él.
Cuando pude moverme, me encerré en el baño y me desplomé en el suelo frío. El llanto llegó como una ola, violento, torpe. Me cubrí la boca para no hacer ruido, pero los sollozos escapaban igual. Me abracé las rodillas, me apreté contra la cerámica, y lloré por todo.
Por la deuda.
Por el silencio.
Por las amigas.
Por mi hermana.
Por la chica del video.
Por mí.
Por lo que se estaba yendo sin que pudiera detenerlo.
Derek llegó minutos después.
No sé si me escuchó o si simplemente supo que algo estaba mal. Abrió la puerta con cuidado. Me vio en el suelo, temblando, con los ojos hinchados y la voz hecha trizas.
Se arrodilló frente a mí sin decir nada. Me tomó la cara entre las manos y apoyó su frente contra la mía.
—Valeria… mi amor, ¿qué pasó?
—Lo vi —dije, apenas audible—. Vi el video.
Lo entendió al instante.
—No era real —susurró—. Es parte del personaje. Parte del juego. No siento nada por ella. Ni por ninguna.
—¿Entonces por qué usó tu nombre?
Se quedó en Silencio.
—No tenía que hacerlo —continué—. Podía decir cualquier cosa, cualquier apodo. Pero dijo tu nombre. Y tú no la corregiste. No la paraste.
—Fue un error —dijo, con los ojos brillosos—. Un descuido. No… no lo planeé.
—Pero pasó.
Asintió.
Y entonces, me abrazó.
No como lo haría un culpable, sino como alguien que no sabe cómo curar lo que rompió. Me sostuvo fuerte, como si en ese gesto pudiera recoger los pedazos que quedaban de mí.
—No quiero perderte —dijo en mi oído—. No por esto. No después de todo.
—Yo tampoco —confesé, llorando contra su cuello—. Pero ya no sé qué estamos salvando.
Nos quedamos así un largo rato. Pegados. Rotos. Juntos. A la deriva.
Y fue esa la noche en que algo cambió. No se rompió del todo, pero se dobló. Como una grieta que ya no se puede ignorar. Como una pregunta sin respuesta.
Y por eso estoy escribiendo esto ahora.
Porque no sé si lo voy a dejar.
No sé si podré volver a mirarlo como antes.
No sé si el amor es suficiente para cargar con tanto.
Pero lo sigo amando.
Y por eso duele tanto.
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